¿Puedo seguirte, Jesús, siendo quien soy?

Son infinitas las preguntas que rondan mi cabeza. Existe una gran confusión en mi interior y no soporto esta aparente contradicción. Me pregunto si puedo seguirte, Jesús, si soy amada tal y como soy. Me pregunto si quizás he de renunciar a quien soy para poder seguirte, si la fidelidad al Evangelio exige negar una parte de mi propio ser. La soledad me inunda y necesito expresar urgentemente todo lo que se esconde en mi interior. En medio de la incertidumbre, resuena una promesa que se abre paso entre el miedo: «No temas, porque yo estoy contigo» (Isaías 41:10).

Descubrirse amadx por Dios

Te busco, trato de escucharte y te encuentro en el silencio. Afino el oído, el tacto, la mirada, el corazón… y me susurras a voces que soy hija amada. «Tú eres preciosa a mis ojos, digna de honra, y yo te amo» (Isaías 43:4). Poco a poco comprendo que tu mirada no se parece a la de quienes juzgan o excluyen. Tu mirada no condena, sino que levanta y reconoce la dignidad profunda de cada persona. En tu presencia, descubro que mi identidad no es un obstáculo para encontrarte, sino el lugar concreto desde el que puedo responder a tu llamada.

No temas, porque yo estoy contigo.

ISAÍAS 41:10

Tú eres preciosa a mis ojos, digna de honra, y yo te amo.

ISAÍAS 43:4

Vivir en la intersección entre fe y diversidad

Ser una persona LGTBIQA+ cristiana puede parecer una contradicción, pero nada más lejos de la realidad. A pesar del espacio que aún persiste entre el movimiento LGTBIQA+ y la Iglesia Católica, existimos personas que habitamos esa intersección y tratamos de integrar ambas dimensiones de nuestra vida. El camino interior que recorremos para hacerlo suele ser arduo. La doctrina, cuando se interpreta sin misericordia, nos hiere, y la culpa nos atraviesa. ¿Será que puedo cambiar? ¿Será que esto no viene de Dios? De nuevo aparecen las preguntas y suplico respuestas. Parece que no hay un hueco en la Iglesia, o incluso en la sociedad, para nosotras. Lloramos en silencio y te buscamos con nuestra mochila de dudas, heridas y miedos. Como el salmista, repetimos: «¿Hasta cuándo, Señor?» (Salmo 13:1), mientras seguimos esperando tu voz. Y, aun así, hay algo que permanece: el deseo profundo de no alejarnos de Ti.

Un Dios que acompaña y acoge

Tú nos acompañas, nos sostienes y nos guías. Verdadero misterio el encontrarte. Nos enseñas que Jesús siempre estuvo en los márgenes, caminando junto a aquellas personas que eran rechazadas por las estructuras religiosas y sociales de su tiempo. Nos recuerdas que, por encima de todo, está el Amor, y que la esperanza nunca es ingenuidad, sino confianza en que tu Espíritu continúa actuando en la historia. Hoy vemos esos frutos: encontramos comunidades inclusivas, sacerdotes, religiosas y personas laicas que nos acogen y nos ayudan a reconciliar nuestra fe con nuestra vida. Descubrimos que el Evangelio sigue siendo una buena noticia también para nosotras. Tú nos llamas a permanecer, poniendo la otra mejilla si es necesario, pero sin renunciar jamás a la dignidad que Tú mismo nos has regalado. Nos llamas también a proclamar el Evangelio, especialmente a nuestrxs hermanxs LGTBIQA+, para que sepan que también tienen un lugar en tu mesa.

Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

GÁLATAS 3:28

En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto expulsa el temor.

1 JUAN 4:18

Esperanza de cambio

Confío en que el futuro será más amable. Tengo esperanza en la Comunidad y en la fuerza transformadora del Espíritu. Confío en que mis hermanxs escuchen nuestros gritos de una vez por todas y comprendan que detrás de cada debate hay vidas concretas, personas que aman, creen, sirven y desean seguir a Jesús con autenticidad. El cambio es posible, pero necesita voces valientes: la valentía de ponerse al lado de quienes sufren, de escuchar antes que condenar, de apostar por la inclusión y por el mensaje liberador de Dios.

El sueño de una Iglesia para todas las personas

Sueño con una Iglesia que haga vida las palabras de Pablo: «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). Una Iglesia donde nadie tenga que elegir entre su fe y su propia existencia, porque «en el amor no hay temor, sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1 Juan 4:18). Una Iglesia que, como Jesús, sea capaz de mirar primero a la persona antes que a la norma, de sanar antes que herir y de recordar que el centro del Evangelio nunca fue la exclusión, sino el amor que hace nuevas todas las cosas.

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